Una historia no sencilla de contar
Las cosas algunas veces no son como parecen. Son como el cielo rosado del atardecer, al que miras y de repente se tiñe de azul rey. Las cosas se desvanecen como nubes que pierden la forma y que van formando figuras de dinosaurios, hasta corazones blancos, luego se disipan en medio del cielo azul. Lo mismo que sucede con las nubes, sucedió durante la parte última de Julio de 1997, cuando fui testigo fiel de la derrota de un amigo, pues Ximena Rodríguez, de 28 años de edad, una cristiana de la iglesia Adventista del Séptimo Día le clavó una daga en el corazón.Tres semanas atrás había llegado al templo de su iglesia un pastor de mediana estatura, cabello castaño, de gran porte físico y de una manera muy agradable de hablar. Cuando se dirigía al público desde el pedestal todo se tornaba en armonía total. La alegría a ese recinto se apoderaba de todo, hasta Juana la amargada se reía, disfrutaba de su prodigiosa manera de hablar, de sus movimientos, de su forma de cantar. Mientras tanto, Ximena empezaba a sentir cosillas por el encantador predicador.
Todos los años llega a su iglesia un pastor joven, venido desde Venezuela para acercarse sobre todo a al público juvenil. El primer día el joven pastor de ovejas descarriadas habló de las relaciones amorosas entre miembros de la iglesia y personas a las que llamó perdidas en el mundo del hombre. Recuerdo que dijo – No beses la boca de quien no descansa el sábado, no beses la boca de quien se condena comiendo alimentos impuros, no beses la boca de aquella mujer que se viste de manera seductora, no beses la boca de aquel varón corrupto que prefiere un sábado lleno fiesta y no el sábado de la ley de dios-. Enrique pasó del blanco al azul, y del amarillo al Púrpura, colores que surgieron cuando Giovanni que era como se llamaba el pastor, terminó su discurso que lo desfavorecía con gran ímpetu, pues él amaba a Ximena y aún no se convertía al adventismo, ya que criticaba con fundamentación las doctrinas sofisticadas de La iglesia de su amada.
Esas tres semanas fueron para Enrique las más dolorosas de su vida. Él había decidido acercarse a la iglesia, morderse la lengua con discursos que consideraba de doble moral, con la única intención que su Ximena se apiadara de él y decidiera ser su novia. Se sentaba junto a ella cada noche en la que las palabras y los movimientos del pastor se apoderaban de su atención. Enrique solo esperaba un sí que cambiara su vida, una afirmación de parte de aquella mujer de ojos de gato, ojos hermosos, rasgados y amarillos que se transformaban como aquella nube; en la noche se veían pardos, en la luz del día color ámbar y en las mañanas frías su color brillaba. Suspiraba mientras veía a Ximena observar a su pastor portentoso.
Un día sucedió lo inesperado. Los que pertenecen a la sociedad de jóvenes invitaron a Giovanni a una gran cena en la sede recreativa de la iglesia, yo estuve ahí, Enrique no. Durante toda la velada Ximena y el apuesto pastor de traje de corbata, zapatos de charol y corte clásico charlaron, se tocaron las manos, se aislaron de todos, se sentaron en un columpio, se mecieron el uno al otro, se rieron, y al final se besaron. Cuando Enrique supo todo lo acontecido directamente de mi voz sufrió en llanto como un niño, hasta que sus lágrimas se secaron. Enrique no volvió a la iglesia, no volvió a usar su camisa de botones, no volvió a colocarse su única corbata, no volvió a lustrar sus zapatos de cuero y se resignó en su mundo crítico donde la idea de un dios bíblico no cabe, pues para él la religión es solo un mito, mito que de algún modo le arrancó el amor de la mujer que amó, mito que se llevó a su única diosa, pues luego de tres semanas de compartir Enrique y Ximena se fueron para Venezuela a formalizar su nidito de amor.