martes, 3 de junio de 2014

Historia en un parque

Una tarde como otras tardes de domingo



Cuando llegué a este parque fundado con el nombre de Guillermo Sorzano Gonzáles, alcalde de Bucaramanga durante los años 50, el reloj  ya marcaba las 4 pm, sin embargo, la gente abundaba, pues era día feriado; los vendedores ambulantes eran pocos, en el centro del parque estaba el señor de los raspados con  su carrito lleno de  botellas  de colorantes líquidos, de miel y de la dichosa leche condensada, que endulza las tardes de niños y adultos. No fui ajeno a este manjar de hielo y dulce, me precipité a comprar un raspado, que después  de varios minutos azotó mi estómago con fuertes espasmos y dolencias; la señora de los chuzos estaba al costado oriental si nos ubicamos en la gorda de Botero; una mujer joven permanecía con su rostro cabizbajo, puesto que sus obleas  no tenían demanda, y a pesar de mis dolencias estomacales le compré una de queso, arequipe y mora, le dije –por favor   para llevar-, la preparó, luego la empacó y me dispuse a guardarla en mi maleta para una futura merienda.  Sin darme cuenta ya eran las 5 pm, y la pareja que estaba a menos de cinco metros de mí se besaba con la misma efusividad  y energía que jugaban los niños. Al otro lado del parque, un hombre y una mujer de aproximadamente 35 años de edad trabajaban con  sus pizarras y pinturas, en las que los niños pintaban con vinilos y acuarelas por unos cuantos pesos. En ese momento dije- ¡qué recursividad la de estas personas! A su vez esta pareja que utilizaba el espacio del parque para trabajar tenía que cuidar simultáneamente de sus dos hijos menores de 5 años.

Le quedaban pocas horas a la tarde cuando  llegué a ese lugar, que aunque en otros tiempos fue verde total,  desde hace unos cuantos años el cemento se apodera de los prados como desierto que  llega tierra adentro, amenazando la fertilidad de los suelos. Abundaba el bullicio, los niños jugaban como si el  mundo se acabara, unos  saltaban sobre las bancas, otros sentían la adrenalina al ser empujados por sus padres en los columpios, unos cuantos se reían sentados en el machín-machón, otros corrían junto con sus perros, pero ningún niño permanecía inmóvil, todos se divertían en medio de ese espacio amplio; y pienso ahora, que debe ser un mundo infinito para ellos, uno en el cual no  tienen las barreras de las paredes de sus casas, definitivamente se  deben sentir  libres como aves en espacio aéreo sin fin.


Las cosas se empezaron a tornar aburridas luego de que la luz solar empezó a ser reemplazada por la oscuridad de la noche, la gente se iba, los vendedores empezaron a empacar sus cosas, y yo mientras tanto entablaba una conversación con los árboles. Qué más quedaba, sino marcharme en busca de otro lugar ameno, en donde pudiera seguir observando a la gente, dudando de sus actos o compadeciéndome  de ellos. Ya eran las 6:30 pm, era hora de la noche y de la despedida de una tarde de un once de mayo que  aunque no será igual, volverá  el otro año.

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