Una tarde como otras tardes de domingo
Cuando llegué a este parque fundado con el nombre de
Guillermo Sorzano Gonzáles, alcalde de Bucaramanga durante los años 50, el
reloj ya marcaba las 4 pm, sin embargo,
la gente abundaba, pues era día feriado; los vendedores ambulantes eran pocos,
en el centro del parque estaba el señor de los raspados con su carrito lleno de botellas
de colorantes líquidos, de miel y de la dichosa leche condensada, que
endulza las tardes de niños y adultos. No fui ajeno a este manjar de hielo y
dulce, me precipité a comprar un raspado, que después de varios minutos azotó mi estómago con
fuertes espasmos y dolencias; la señora de los chuzos estaba al costado oriental
si nos ubicamos en la gorda de Botero; una mujer joven permanecía con su rostro
cabizbajo, puesto que sus obleas no
tenían demanda, y a pesar de mis dolencias estomacales le compré una de queso, arequipe
y mora, le dije –por favor para llevar-,
la preparó, luego la empacó y me dispuse a guardarla en mi maleta para una
futura merienda. Sin darme cuenta ya
eran las 5 pm, y la pareja que estaba a menos de cinco metros de mí se besaba
con la misma efusividad y energía que
jugaban los niños. Al otro lado del parque, un hombre y una mujer de
aproximadamente 35 años de edad trabajaban con
sus pizarras y pinturas, en las que los niños pintaban con vinilos y
acuarelas por unos cuantos pesos. En ese momento dije- ¡qué recursividad la de
estas personas! A su vez esta pareja que utilizaba el espacio del parque para
trabajar tenía que cuidar simultáneamente de sus dos hijos menores de 5 años.
Le quedaban pocas horas a la tarde cuando llegué a ese lugar, que aunque en otros
tiempos fue verde total, desde hace unos
cuantos años el cemento se apodera de los prados como desierto que llega tierra adentro, amenazando la
fertilidad de los suelos. Abundaba el bullicio, los niños jugaban como si el mundo se acabara, unos saltaban sobre las bancas, otros sentían la
adrenalina al ser empujados por sus padres en los columpios, unos cuantos se
reían sentados en el machín-machón, otros corrían junto con sus perros, pero
ningún niño permanecía inmóvil, todos se divertían en medio de ese espacio
amplio; y pienso ahora, que debe ser un mundo infinito para ellos, uno en el
cual no tienen las barreras de las
paredes de sus casas, definitivamente se
deben sentir libres como aves en
espacio aéreo sin fin.
Las cosas se empezaron a tornar aburridas luego de que la
luz solar empezó a ser reemplazada por la oscuridad de la noche, la gente se
iba, los vendedores empezaron a empacar sus cosas, y yo mientras tanto
entablaba una conversación con los árboles. Qué más quedaba, sino marcharme en
busca de otro lugar ameno, en donde pudiera seguir observando a la gente,
dudando de sus actos o compadeciéndome
de ellos. Ya eran las 6:30 pm, era hora de la noche y de la despedida de
una tarde de un once de mayo que aunque
no será igual, volverá el otro año.
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