martes, 2 de septiembre de 2014

historia de amor

La princesa del corset                          
 
Las cosas nunca fueron fáciles para Rosita, a la edad de tres años quedó huérfana de padre y siete más tarde, su hermano de tan solo seis se enfermó de sarampión, doña Rosa no tuvo dinero para llevarlo al hospital del pueblo, decidió entonces hacerle tomar infusiones de hierbas que le recomendó el sabio Augusto, sin embargo, estas le aceleraron los síntomas, terminando el pequeño  Juanchito sin algún aliento de vida.
Ahora Rosita tiene veintidós años y aunque haya dejado de ser la pequeña niña del pueblo  y su rostro de  ojos pardos, nariz aguda, cabello color azabache y su cuerpo con exuberantes curvas retraten una mujer linda, agraciada, sonriente y alegre, esa imagen bella exterior no conoce la cara que no queda reflejada en el espejo. Rosita es de temperamento colérico, combinado con una melancolía que se deja ver de vez en mes, solo cuando está triste  y llora en su cuarto por no ser del todo feliz.  Su niñez estuvo marcada por el desastre y la pobreza, pero ahora todo eso es parte del pasado. Vive desde  hace más de un año en la avenida Pasoancho de Cali, en una casa amarilla de dos pisos; el primer nivel lo tiene arrendado a una pareja de negros de Quibdó, y ella habita el segundo piso en medio de cuatro paredes que intentan alegrar  su vida.

Ayer la vi  mientras atravesaba  la avenida San Juan, estaba sonriente como siempre.  Mientras caminaba  pude observar a un  hombre de chaqueta negra, de gafas oscuras, piel morena y zapatos tipo militar que la esperaba afuera de la casa amarilla. Al término de la avenida se ubicaba la tiendecita “los recuerdos de ella”, entré diciendo: Seño, regaláme un “Águila”. Me ubiqué estratégicamente para poder observar de qué manera el hombre de negro se saludaba con esta mujer. La siguiente parte del relato no es gratuito contarla, pues pensaba que Rosita ya había vivido el lado negativo de la vida y que le esperaban cosas buenas.

Tomé la cerveza en mi mano derecha, le dí un sorbo tan largo que logré atragantarme, tosí un poco y tomé otro  para estar seguro que estaba repuesto, levanté la mirada una vez más sin llegar a creer lo que mis ojos veían, ese hombre que ahora se percibía menos gótico porque se había quitado las gafas y la chaqueta de cuero besaba a la pequeña Rosita, además, lo hacía de una manera tan apasionada que no solo era yo quien observaba la escena, doña Juana había salido de su negocio para mirar a esta pareja que se veía más desbalanceada que la figura de la tendera. No había relación alguna de equilibrio entre estos dos personajes, el masculino era corpulento, extremadamente alto que casi tocaba la luna dorada de aquella noche traicionera, además, este hombre se veía mejor con las gafas puestas, pues su mirada semejaba la de un presidiario condenado por haber matado a más de mil personas, no tenía nada de delicadeza, no le hablaba con cariño ni galantería, su voz era grave como el sonido de una tuba, y sus expresiones faciales al escuchar la voz delicada de la bella Rosita eran desagradables y al mismo tiempo petulantes, en cambio, ella era sonriente, alegre, sus ojos claros brillaban cuando con su voz se dirigía a este hombre horripilante, su vestido era de un blanco puro y limpio, sus senos redondos como dos montañas y sobresalían a través de la parte superior del  corset celeste que terminaba por darle el toque de princesa de cuento de hadas, era definitivamente una mujer totalmente hermosa. Doña Juana que se dio cuenta  de mi posición de detective me dijo que el hombre de negro era el novio de la mujer que parecía princesa, sin embargo, el día anterior ella le había hablado por teléfono diciéndole que la relación ya no tenía solución y que no aguantaría más golpes y moretones. No obstante, el hombre horrible y de alrededor de  cuarenta años  de edad no quiso aceptar la decisión que lo afectaba, optando por venir a tomar represivas y amenazas, con el único objetivo de amedrentar a la mujer de sus amores. Discutieron por largo rato, ella en un  principio  lo había recibido con más de cincuenta besos apasionados, pero no con la intención de demostrarle amor sino con el ánimo de bajar el rencor con que este hombre se había escuchado minutos antes en el teléfono, cuando le informó que habían solo dos alternativas para solucionar los problemas en la relación, o continuarla, o tener que morir a causa  de la separación.
Al parecer la alternativa de Rosita no fue la de continuar, pues este señor la tomó por el cuello como si tuviera garras, ella alcanzó a gritar y la avenida Pasoancho en su sentido Norte-Sur  se llenó de gente en un par de segundos, el hombre se llamaba Raúl, lo supe porque una señora de cabello gris le gritaba que no lo hiciera, mientras este  se levantaba la camiseta para sacar el revolver negro que hacía juego con la chaqueta que colgaba en el manillar de su “Harley Davidson”, sin embargo, los gritos de la muchedumbre no fueron suficientes, ya que el hombre armado disparó en el cuello de la hermosa joven y luego se disparó en la sien. Los dos cuerpos perdieron su verticalidad cayendo en el andén, la sangre bañó el pavimento pintándolo de rojo, mientras tanto las sirenas de la policía se escuchaban a la distancia.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario