La princesa del corset
Las cosas nunca fueron fáciles para Rosita, a la edad de
tres años quedó huérfana de padre y siete más tarde, su hermano de tan solo
seis se enfermó de sarampión, doña Rosa no tuvo dinero para llevarlo al
hospital del pueblo, decidió entonces hacerle tomar infusiones de hierbas que
le recomendó el sabio Augusto, sin embargo, estas le aceleraron los síntomas,
terminando el pequeño Juanchito sin
algún aliento de vida.
Ahora Rosita tiene veintidós años y aunque haya dejado de
ser la pequeña niña del pueblo y su
rostro de ojos pardos, nariz aguda,
cabello color azabache y su cuerpo con exuberantes curvas retraten una mujer
linda, agraciada, sonriente y alegre, esa imagen bella exterior no conoce la
cara que no queda reflejada en el espejo. Rosita es de temperamento colérico,
combinado con una melancolía que se deja ver de vez en mes, solo cuando está
triste y llora en su cuarto por no ser
del todo feliz. Su niñez estuvo marcada
por el desastre y la pobreza, pero ahora todo eso es parte del pasado. Vive
desde hace más de un año en la avenida Pasoancho
de Cali, en una casa amarilla de dos pisos; el primer nivel lo tiene arrendado
a una pareja de negros de Quibdó, y ella habita el segundo piso en medio de
cuatro paredes que intentan alegrar su
vida.
Ayer la vi
mientras atravesaba la avenida
San Juan, estaba sonriente como siempre. Mientras caminaba pude observar a un hombre de chaqueta negra, de gafas oscuras,
piel morena y zapatos tipo militar que la esperaba afuera de la casa amarilla.
Al término de la avenida se ubicaba la tiendecita “los recuerdos de ella”,
entré diciendo: Seño, regaláme un “Águila”. Me ubiqué estratégicamente para
poder observar de qué manera el hombre de negro se saludaba con esta mujer. La
siguiente parte del relato no es gratuito contarla, pues pensaba que Rosita ya
había vivido el lado negativo de la vida y que le esperaban cosas buenas.
Tomé la cerveza en mi mano derecha, le dí un sorbo tan
largo que logré atragantarme, tosí un poco y tomé otro para estar seguro que estaba repuesto, levanté
la mirada una vez más sin llegar a creer lo que mis ojos veían, ese hombre que
ahora se percibía menos gótico porque se había quitado las gafas y la chaqueta
de cuero besaba a la pequeña Rosita, además, lo hacía de una manera tan
apasionada que no solo era yo quien observaba la escena, doña Juana había
salido de su negocio para mirar a esta pareja que se veía más desbalanceada
que la figura de la tendera. No había relación alguna de equilibrio entre estos
dos personajes, el masculino era corpulento, extremadamente alto que casi
tocaba la luna dorada de aquella noche traicionera, además, este hombre se veía
mejor con las gafas puestas, pues su mirada semejaba la de un presidiario
condenado por haber matado a más de mil personas, no tenía nada de delicadeza,
no le hablaba con cariño ni galantería, su voz era grave como el sonido de una
tuba, y sus expresiones faciales al escuchar la voz delicada de la bella Rosita
eran desagradables y al mismo tiempo petulantes, en cambio, ella era sonriente,
alegre, sus ojos claros brillaban cuando con su voz se dirigía a este hombre
horripilante, su vestido era de un blanco puro y limpio, sus senos redondos
como dos montañas y sobresalían a través de la parte superior del corset celeste que terminaba por darle el
toque de princesa de cuento de hadas, era definitivamente una mujer totalmente
hermosa. Doña Juana que se dio cuenta de
mi posición de detective me dijo que el hombre de negro era el novio de la
mujer que parecía princesa, sin embargo, el día anterior ella le había hablado
por teléfono diciéndole que la relación ya no tenía solución y que no
aguantaría más golpes y moretones. No obstante, el hombre horrible y de alrededor
de cuarenta años de edad no quiso aceptar la decisión que lo
afectaba, optando por venir a tomar represivas y amenazas, con el único
objetivo de amedrentar a la mujer de sus amores. Discutieron por largo rato,
ella en un principio lo había recibido con más de cincuenta besos
apasionados, pero no con la intención de demostrarle amor sino con el ánimo de
bajar el rencor con que este hombre se había escuchado minutos antes en el
teléfono, cuando le informó que habían solo dos alternativas para solucionar
los problemas en la relación, o continuarla, o tener que morir a causa de la separación.
Al parecer la alternativa de Rosita no fue la de
continuar, pues este señor la tomó por el cuello como si tuviera garras, ella
alcanzó a gritar y la avenida Pasoancho en su sentido Norte-Sur se llenó de gente en un par de segundos, el
hombre se llamaba Raúl, lo supe porque una señora de cabello gris le gritaba
que no lo hiciera, mientras este se
levantaba la camiseta para sacar el revolver negro que hacía juego con la
chaqueta que colgaba en el manillar de su “Harley Davidson”, sin embargo, los
gritos de la muchedumbre no fueron suficientes, ya que el hombre armado disparó
en el cuello de la hermosa joven y luego se disparó en la sien. Los dos cuerpos
perdieron su verticalidad cayendo en el andén, la sangre bañó el pavimento
pintándolo de rojo, mientras tanto las sirenas de la policía se escuchaban a la
distancia.
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