martes, 2 de septiembre de 2014

Historia sencilla

Una historia no sencilla de contar

Las cosas algunas veces no son como parecen. Son como el cielo rosado del atardecer, al que miras y de repente se tiñe de azul rey. Las cosas se desvanecen como nubes que pierden la forma y que van formando figuras de dinosaurios, hasta corazones blancos, luego se disipan en medio del cielo azul. Lo mismo que sucede con las nubes, sucedió durante la parte última  de Julio de 1997, cuando fui testigo fiel de la derrota de un amigo, pues Ximena Rodríguez, de 28 años de edad, una cristiana de la iglesia Adventista del Séptimo Día le clavó una daga en el corazón.Tres semanas atrás había llegado al templo de su iglesia un pastor de mediana estatura, cabello castaño, de gran porte físico y de una manera muy agradable de hablar. Cuando se dirigía al público desde el pedestal todo se tornaba en armonía total. La alegría a ese recinto se apoderaba de todo, hasta Juana la amargada se reía, disfrutaba de su prodigiosa manera de hablar, de sus movimientos, de su forma de cantar. Mientras tanto, Ximena empezaba a sentir cosillas por el encantador predicador.

Todos los años llega a su iglesia un pastor joven, venido desde Venezuela para acercarse sobre todo a al público juvenil. El primer día el joven pastor de ovejas descarriadas habló de las relaciones amorosas entre miembros de la iglesia y personas a las que llamó perdidas en el mundo del hombre. Recuerdo que dijo – No beses la boca de quien no descansa el sábado, no beses la boca de quien se condena comiendo alimentos impuros, no beses la boca de aquella mujer que se viste de manera seductora, no beses la boca de aquel varón corrupto que prefiere un sábado lleno fiesta y no el sábado de la ley de dios-. Enrique pasó  del blanco al azul, y del amarillo al Púrpura, colores que surgieron  cuando Giovanni que era como se llamaba el pastor, terminó su discurso que lo desfavorecía con gran ímpetu, pues él amaba a Ximena y aún no se convertía al adventismo, ya que criticaba con fundamentación las doctrinas sofisticadas de La iglesia de su amada.

Esas tres semanas fueron para Enrique las más dolorosas de su vida. Él había decidido acercarse a la iglesia, morderse la lengua con discursos que consideraba de doble moral, con la única intención que su Ximena se apiadara de él y decidiera ser su novia. Se sentaba junto a ella cada noche en la que las palabras y los movimientos del pastor se apoderaban de su atención. Enrique solo esperaba  un sí que cambiara su vida, una afirmación de parte de aquella mujer de ojos de gato, ojos hermosos, rasgados y amarillos que se transformaban como aquella nube; en la noche se veían pardos, en la luz del día color ámbar y en las mañanas frías su color brillaba. Suspiraba mientras veía a Ximena observar a su pastor portentoso.  


Un día sucedió lo inesperado. Los que pertenecen a la sociedad de jóvenes invitaron a Giovanni  a una gran cena en la sede recreativa de la iglesia, yo  estuve ahí, Enrique no. Durante toda la velada Ximena y el apuesto pastor de traje de corbata, zapatos de charol y corte clásico charlaron, se tocaron las manos, se aislaron de todos, se sentaron en un columpio, se mecieron el uno al otro, se rieron, y al final se besaron. Cuando Enrique supo todo lo acontecido directamente de mi voz sufrió en llanto  como un niño, hasta que sus lágrimas se secaron. Enrique no volvió a la iglesia, no  volvió a usar su camisa de botones, no volvió a colocarse su única corbata, no volvió a lustrar sus zapatos de cuero y se resignó en su mundo crítico donde la idea de un dios bíblico no cabe, pues para él la religión es solo un mito, mito que de algún modo le arrancó el amor de la mujer que amó, mito que se llevó a su única diosa, pues luego de tres semanas de compartir Enrique y Ximena se fueron para Venezuela a formalizar su nidito de amor.

Crónica de personaje

Un libro en el estanque

 

“El conejo” escribió Las crónicas del conejo  esperando poder   sus amigos leer  las aventuras que vivía en aquellas noches de insomnio en la ciudad de Bucaramanga, la bella Bucaramanga, ciudad de los parques, ciudad bonita, o ciudad de las putas, como lo dice Elkin, alias “El Conejo”. Es definitivamente el personaje más curioso de esta inmensa universidad, parece en realidad un conejo que deambula por las zonas verdes de  este recinto, donde la academia se reúne para realizar protestas que más que protestas, parecen un circo armado, en el cual    los” vigilantes”  son los payasos de turno. Hablé ayer con este lánguido hombre que apenas dos meses atrás era vigoroso como un roble. Lo saludé con ánimo de preguntarle acerca de su libro,  mientras que él continuó caminando con su maleta colgada en el hombro, hombro que se parecía a esos colgaderos para la ropa que están clavados en las paredes de los moteles.  La maleta quedaba tan tensionada a su hombro derecho que parecía romperse la correa  que pendía como peso de aparato de gimnasio. Se veía pesada, sin lugar a dudas.


Sin embargo, este hombrecillo de no más de 165 cm emulaba el físico de entrenador deportivo. Caminaba a paso firme, tal vez pensaba que le iban a robar su preciada carga, o tal vez el peso era tan agotador que  deseaba llegar pronto a su destino. Al ver que caminaba  sin mirar atrás, tuve la necesidad de correr para alcanzarlo. Lo tuve a menos de un metro de distancia.  Pienso que sintió mis pasos, pues se precipitó a correr  de manera similar que Usaint Bolt en sus tan preciados cien metros planos. No lo pude alcanzar. Lamenté no haberlo hecho, pues anhelaba leer al menos una de las crónicas de su libro. 



Me senté en una banca que está ubicada en frente del estanque de las babillas y las tortugas, me remití a observarlas, mientras que las últimas  bronceaban sus cuellos estirándolos a plena luz de medio día. Una babilla tomaba el sol para acelerar su circulación fría. Parecía estatua. Giré porque un ruido estrepitoso equivalente  a cien caballos  galopando se escuchaba a mi derecha, era Elkin que hacía ese ruido horrible. Mientras corría, la maleta que colgaba de su hombro se movía como el péndulo de un reloj, pero de manera escandalosa. ¿Lleva piedras o libros?, me pregunté. ¿O sus penas las carga en la fea maleta negra de cuero?  No pude reflexionar más, ya que “El Conejo” frenó su corrida en frente de mí. Mis dudas se esclarecieron. Eran libros, pues quedaron  todos esparcidos en medio del pavimento. No todos sobrevivieron. Uno que se titulaba Las crónicas del conejo logró sobrevolar  por encima del estanque como canario que escapa de un gato. Examiné rápidamente el título de libro por libro con la mirada, los conté, eran casi treinta, pero no encontré alguno que llevara la autoría de Elkin Guzmán. Solo había sobrevivido un ejemplar desde su impresión, era aquel que voló y ahora permanecía  en el estaque junto  a las tortugas.  Al término de la recolección de los números que estaban en el suelo gris hablamos por más de seis horas seguidas en esa banca. Inicialmente le pedí que me obsequiara un libro, pero él me respondió – el último ejemplar está en el estanque-. Aunque suene ficcionario todo esto es real. Entonces, fue cuando Elkin se dispuso a narrarme con su propia voz Las Crónicas del conejo. Además narró veintidós historias más. 

historia de amor

La princesa del corset                          
 
Las cosas nunca fueron fáciles para Rosita, a la edad de tres años quedó huérfana de padre y siete más tarde, su hermano de tan solo seis se enfermó de sarampión, doña Rosa no tuvo dinero para llevarlo al hospital del pueblo, decidió entonces hacerle tomar infusiones de hierbas que le recomendó el sabio Augusto, sin embargo, estas le aceleraron los síntomas, terminando el pequeño  Juanchito sin algún aliento de vida.
Ahora Rosita tiene veintidós años y aunque haya dejado de ser la pequeña niña del pueblo  y su rostro de  ojos pardos, nariz aguda, cabello color azabache y su cuerpo con exuberantes curvas retraten una mujer linda, agraciada, sonriente y alegre, esa imagen bella exterior no conoce la cara que no queda reflejada en el espejo. Rosita es de temperamento colérico, combinado con una melancolía que se deja ver de vez en mes, solo cuando está triste  y llora en su cuarto por no ser del todo feliz.  Su niñez estuvo marcada por el desastre y la pobreza, pero ahora todo eso es parte del pasado. Vive desde  hace más de un año en la avenida Pasoancho de Cali, en una casa amarilla de dos pisos; el primer nivel lo tiene arrendado a una pareja de negros de Quibdó, y ella habita el segundo piso en medio de cuatro paredes que intentan alegrar  su vida.

Ayer la vi  mientras atravesaba  la avenida San Juan, estaba sonriente como siempre.  Mientras caminaba  pude observar a un  hombre de chaqueta negra, de gafas oscuras, piel morena y zapatos tipo militar que la esperaba afuera de la casa amarilla. Al término de la avenida se ubicaba la tiendecita “los recuerdos de ella”, entré diciendo: Seño, regaláme un “Águila”. Me ubiqué estratégicamente para poder observar de qué manera el hombre de negro se saludaba con esta mujer. La siguiente parte del relato no es gratuito contarla, pues pensaba que Rosita ya había vivido el lado negativo de la vida y que le esperaban cosas buenas.

Tomé la cerveza en mi mano derecha, le dí un sorbo tan largo que logré atragantarme, tosí un poco y tomé otro  para estar seguro que estaba repuesto, levanté la mirada una vez más sin llegar a creer lo que mis ojos veían, ese hombre que ahora se percibía menos gótico porque se había quitado las gafas y la chaqueta de cuero besaba a la pequeña Rosita, además, lo hacía de una manera tan apasionada que no solo era yo quien observaba la escena, doña Juana había salido de su negocio para mirar a esta pareja que se veía más desbalanceada que la figura de la tendera. No había relación alguna de equilibrio entre estos dos personajes, el masculino era corpulento, extremadamente alto que casi tocaba la luna dorada de aquella noche traicionera, además, este hombre se veía mejor con las gafas puestas, pues su mirada semejaba la de un presidiario condenado por haber matado a más de mil personas, no tenía nada de delicadeza, no le hablaba con cariño ni galantería, su voz era grave como el sonido de una tuba, y sus expresiones faciales al escuchar la voz delicada de la bella Rosita eran desagradables y al mismo tiempo petulantes, en cambio, ella era sonriente, alegre, sus ojos claros brillaban cuando con su voz se dirigía a este hombre horripilante, su vestido era de un blanco puro y limpio, sus senos redondos como dos montañas y sobresalían a través de la parte superior del  corset celeste que terminaba por darle el toque de princesa de cuento de hadas, era definitivamente una mujer totalmente hermosa. Doña Juana que se dio cuenta  de mi posición de detective me dijo que el hombre de negro era el novio de la mujer que parecía princesa, sin embargo, el día anterior ella le había hablado por teléfono diciéndole que la relación ya no tenía solución y que no aguantaría más golpes y moretones. No obstante, el hombre horrible y de alrededor de  cuarenta años  de edad no quiso aceptar la decisión que lo afectaba, optando por venir a tomar represivas y amenazas, con el único objetivo de amedrentar a la mujer de sus amores. Discutieron por largo rato, ella en un  principio  lo había recibido con más de cincuenta besos apasionados, pero no con la intención de demostrarle amor sino con el ánimo de bajar el rencor con que este hombre se había escuchado minutos antes en el teléfono, cuando le informó que habían solo dos alternativas para solucionar los problemas en la relación, o continuarla, o tener que morir a causa  de la separación.
Al parecer la alternativa de Rosita no fue la de continuar, pues este señor la tomó por el cuello como si tuviera garras, ella alcanzó a gritar y la avenida Pasoancho en su sentido Norte-Sur  se llenó de gente en un par de segundos, el hombre se llamaba Raúl, lo supe porque una señora de cabello gris le gritaba que no lo hiciera, mientras este  se levantaba la camiseta para sacar el revolver negro que hacía juego con la chaqueta que colgaba en el manillar de su “Harley Davidson”, sin embargo, los gritos de la muchedumbre no fueron suficientes, ya que el hombre armado disparó en el cuello de la hermosa joven y luego se disparó en la sien. Los dos cuerpos perdieron su verticalidad cayendo en el andén, la sangre bañó el pavimento pintándolo de rojo, mientras tanto las sirenas de la policía se escuchaban a la distancia.


martes, 3 de junio de 2014

Historia en un parque

Una tarde como otras tardes de domingo



Cuando llegué a este parque fundado con el nombre de Guillermo Sorzano Gonzáles, alcalde de Bucaramanga durante los años 50, el reloj  ya marcaba las 4 pm, sin embargo, la gente abundaba, pues era día feriado; los vendedores ambulantes eran pocos, en el centro del parque estaba el señor de los raspados con  su carrito lleno de  botellas  de colorantes líquidos, de miel y de la dichosa leche condensada, que endulza las tardes de niños y adultos. No fui ajeno a este manjar de hielo y dulce, me precipité a comprar un raspado, que después  de varios minutos azotó mi estómago con fuertes espasmos y dolencias; la señora de los chuzos estaba al costado oriental si nos ubicamos en la gorda de Botero; una mujer joven permanecía con su rostro cabizbajo, puesto que sus obleas  no tenían demanda, y a pesar de mis dolencias estomacales le compré una de queso, arequipe y mora, le dije –por favor   para llevar-, la preparó, luego la empacó y me dispuse a guardarla en mi maleta para una futura merienda.  Sin darme cuenta ya eran las 5 pm, y la pareja que estaba a menos de cinco metros de mí se besaba con la misma efusividad  y energía que jugaban los niños. Al otro lado del parque, un hombre y una mujer de aproximadamente 35 años de edad trabajaban con  sus pizarras y pinturas, en las que los niños pintaban con vinilos y acuarelas por unos cuantos pesos. En ese momento dije- ¡qué recursividad la de estas personas! A su vez esta pareja que utilizaba el espacio del parque para trabajar tenía que cuidar simultáneamente de sus dos hijos menores de 5 años.

Le quedaban pocas horas a la tarde cuando  llegué a ese lugar, que aunque en otros tiempos fue verde total,  desde hace unos cuantos años el cemento se apodera de los prados como desierto que  llega tierra adentro, amenazando la fertilidad de los suelos. Abundaba el bullicio, los niños jugaban como si el  mundo se acabara, unos  saltaban sobre las bancas, otros sentían la adrenalina al ser empujados por sus padres en los columpios, unos cuantos se reían sentados en el machín-machón, otros corrían junto con sus perros, pero ningún niño permanecía inmóvil, todos se divertían en medio de ese espacio amplio; y pienso ahora, que debe ser un mundo infinito para ellos, uno en el cual no  tienen las barreras de las paredes de sus casas, definitivamente se  deben sentir  libres como aves en espacio aéreo sin fin.


Las cosas se empezaron a tornar aburridas luego de que la luz solar empezó a ser reemplazada por la oscuridad de la noche, la gente se iba, los vendedores empezaron a empacar sus cosas, y yo mientras tanto entablaba una conversación con los árboles. Qué más quedaba, sino marcharme en busca de otro lugar ameno, en donde pudiera seguir observando a la gente, dudando de sus actos o compadeciéndome  de ellos. Ya eran las 6:30 pm, era hora de la noche y de la despedida de una tarde de un once de mayo que  aunque no será igual, volverá  el otro año.

historia en un bar

Un gato en la tienda


 

El final de la tarde  se tornaba aburrido hasta cuando el ruido de la explosión de  una botella de “Águila” estremeció  la tienda de doña Juana, mientras  el “Sietemuertos” mostraba su cuchillo amenazando a quienes intentaran moverse. Preguntó -¿Quién le lanzó la botella al “Gato”? Nadie respondió, sin embargo, el “Carirajado” tomó una botella de aguardiente vacía, la golpeó contra el piso, rompiéndola para darle una forma particular  a la que la gente llama pico de botella.

A partir de ese instante el lugar se volvió angustioso, la gente empezó a salir de la tienda, don Rigoberto, esposo de doña Juana apagó la música, aseguró las puertas de las vitrinas con llave, abrió el cajón de los billetes y las monedas, lo vació  en su carriel,  se dirigió inmediatamente al interior de la casa, para luego salir con su revólver dispuesto a dispararle a los tres personajes problemáticos. Exhibió el arma con ínfulas de justiciero diciendo – ¡Por favor! se retiran el caballero del arma blanca, el “cari rajado” y la señora que  lanzó la botella. Cuando don Rigoberto terminó su discurso, se terminó el silencio momentáneo, pues el “Sietemuertos” hacía movimientos de espadachín con su cuchillo de cocina intentando herir a la señora que golpeó al “Gato” y al que se había armado con el pico de botella. ¡Doña Rosa!, gritó don Rigoberto,- tome, golpéelo con este maso- la señora no tuvo oportunidad de recibir ayuda del tendero, cuando ya estaba detrás de las vitrinas acurrucada al lado de las canastas de las verduras.

Un joven que se había escondido en el rincón del orinal había llamado a la policía; la sirena se escuchaba a la distancia, mientras el “Gato” estaba tendido en el piso con más de cuatro heridas en el estómago. El suelo se llenó de rojo, la tienda  había quedado semivacía, solo yo, el joven del orinal, don Rigoberto y la señora que golpeó al Gato con la botella de “águila” permanecíamos en el lugar del crimen. Mientras  tanto, el “Sietemuertos” corría herido carretera arriba. La patrulla policiaca ya se escuchaba a cuadra y media, pero lo trágico no terminaba aún, el matón de la escena, personaje amenazado por el revólver de don Rigoberto, se impulsó como un proyectil hacia el tendero antes de que este accionara su pistola, sonaron dos disparos, los policías entraron en la tienda y presenciaron los dos cuerpos sangrantes que aún se movían en el piso.

El “Gato”, quien en realidad se llamaba Rigoberto José Morales Rua, era hijo de don Rigoberto Morales, y doña Juana Rua, una pareja de tenderos que hoy  15 de Abril del  2014 cumplen ocho años de haber huido  del Magdalena Medio, luego de ser víctimas  del desplazamiento forzado y quienes se habían alejado de Santa Rosa del Sur, tratando de escaparle a la muerte. En su tierra natal se dedicaban a la minería artesanal, buscando el tan anhelado metal dorado, el metal de la guerra. En este pueblo del sur de Bolívar, los mineros debían pagar a los grupos insurgentes  una gran suma de dinero por cada gramo de oro  extraído, era por esto que los tristes trabajadores a pesar de terminar cada jornada laboral con los bolsillos llenos, se quedaban con  pocos pesos de ganancia.
En el último año de estancia en Santa Rosa del Sur, los grupos guerrilleros se habían tomado el pueblo, muchas familias contaban con al menos un miembro asesinado, hasta el punto de haberse formado algo semejante al exterminio nazi. Fue entonces cuando al final de una tarde entusiasta y conmovida por una gratificante jornada de trabajo, el “Gato” se disponía a pesar el producido del día, cuando el comandante le exigió que dejara todo el oro a su disposición. A pesar de la exigencia, el joven hizo caso omiso golpeando de un puñetazo en el rostro  al militante armado. Luego salió corriendo con sus cotizas de suela de caucho y una bolsita llena de oro  hacia la Serranía de San Lucas. A la distancia el uniformado disparaba con su AK 47, pero afortunadamente sin dar en el blanco. El altercado fue la dinamita causante del escape forzoso de la familia Morales Rua, pues luego de la disputa de su hijo, fue obligada a separarse de su tierra nativa.
Ayer el padre de Rigoberto José Morales Rua me dijo: yo que pensaba que huyendo de mi pueblo escapaba de la muerte, nunca pensé que aquí en la ciudad iba a encontrar el fin de la vida de mi hijo y el fin de mi libertad.

Desde hace varios domingos vengo a la “Modelo” a visitar a Don Rigoberto, quien paga 
ocho años de cárcel por la muerte del “Carirajado”.

domingo, 1 de junio de 2014

Crónica

Una crónica es más que contar, es saber describir espacios, momentos, lugares, situaciones, sentimientos, emociones, sonidos, con la intención de que el lector reciba un boleto de avión y sea un testigo más de la historia narrada. El escritor es la aerolínea, el avión son las letras que conducen a lugares distantes o cercanos, el pasajero es quien  disfruta el viaje que inicia cuando el lector toma las palabras para ir a mundos diversos. Cuando el que lee logra llegar a su destino, se baja del avión y  observa el panorama surrealista, al cual fue conducido gracias a palabras mágicas plasmadas en el papel, o  a una interfaz virtual, creadas  por el maestro dueño de estas formas, que quizás puedan llevar a múltiples universos, pues cada lector las transforma de diferentes maneras. Cuando esto sucede, el lector logra su objetivo.