martes, 2 de septiembre de 2014

Crónica de personaje

Un libro en el estanque

 

“El conejo” escribió Las crónicas del conejo  esperando poder   sus amigos leer  las aventuras que vivía en aquellas noches de insomnio en la ciudad de Bucaramanga, la bella Bucaramanga, ciudad de los parques, ciudad bonita, o ciudad de las putas, como lo dice Elkin, alias “El Conejo”. Es definitivamente el personaje más curioso de esta inmensa universidad, parece en realidad un conejo que deambula por las zonas verdes de  este recinto, donde la academia se reúne para realizar protestas que más que protestas, parecen un circo armado, en el cual    los” vigilantes”  son los payasos de turno. Hablé ayer con este lánguido hombre que apenas dos meses atrás era vigoroso como un roble. Lo saludé con ánimo de preguntarle acerca de su libro,  mientras que él continuó caminando con su maleta colgada en el hombro, hombro que se parecía a esos colgaderos para la ropa que están clavados en las paredes de los moteles.  La maleta quedaba tan tensionada a su hombro derecho que parecía romperse la correa  que pendía como peso de aparato de gimnasio. Se veía pesada, sin lugar a dudas.


Sin embargo, este hombrecillo de no más de 165 cm emulaba el físico de entrenador deportivo. Caminaba a paso firme, tal vez pensaba que le iban a robar su preciada carga, o tal vez el peso era tan agotador que  deseaba llegar pronto a su destino. Al ver que caminaba  sin mirar atrás, tuve la necesidad de correr para alcanzarlo. Lo tuve a menos de un metro de distancia.  Pienso que sintió mis pasos, pues se precipitó a correr  de manera similar que Usaint Bolt en sus tan preciados cien metros planos. No lo pude alcanzar. Lamenté no haberlo hecho, pues anhelaba leer al menos una de las crónicas de su libro. 



Me senté en una banca que está ubicada en frente del estanque de las babillas y las tortugas, me remití a observarlas, mientras que las últimas  bronceaban sus cuellos estirándolos a plena luz de medio día. Una babilla tomaba el sol para acelerar su circulación fría. Parecía estatua. Giré porque un ruido estrepitoso equivalente  a cien caballos  galopando se escuchaba a mi derecha, era Elkin que hacía ese ruido horrible. Mientras corría, la maleta que colgaba de su hombro se movía como el péndulo de un reloj, pero de manera escandalosa. ¿Lleva piedras o libros?, me pregunté. ¿O sus penas las carga en la fea maleta negra de cuero?  No pude reflexionar más, ya que “El Conejo” frenó su corrida en frente de mí. Mis dudas se esclarecieron. Eran libros, pues quedaron  todos esparcidos en medio del pavimento. No todos sobrevivieron. Uno que se titulaba Las crónicas del conejo logró sobrevolar  por encima del estanque como canario que escapa de un gato. Examiné rápidamente el título de libro por libro con la mirada, los conté, eran casi treinta, pero no encontré alguno que llevara la autoría de Elkin Guzmán. Solo había sobrevivido un ejemplar desde su impresión, era aquel que voló y ahora permanecía  en el estaque junto  a las tortugas.  Al término de la recolección de los números que estaban en el suelo gris hablamos por más de seis horas seguidas en esa banca. Inicialmente le pedí que me obsequiara un libro, pero él me respondió – el último ejemplar está en el estanque-. Aunque suene ficcionario todo esto es real. Entonces, fue cuando Elkin se dispuso a narrarme con su propia voz Las Crónicas del conejo. Además narró veintidós historias más. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario