Un libro en el estanque
“El conejo” escribió Las
crónicas del conejo esperando
poder sus amigos leer las aventuras que vivía en aquellas noches de
insomnio en la ciudad de Bucaramanga, la bella Bucaramanga, ciudad de los
parques, ciudad bonita, o ciudad de las putas, como lo dice Elkin, alias “El Conejo”.
Es definitivamente el personaje más curioso de esta inmensa universidad, parece
en realidad un conejo que deambula por las zonas verdes de este recinto, donde la academia se reúne para
realizar protestas que más que protestas, parecen un circo armado, en el cual los”
vigilantes” son los payasos de turno. Hablé
ayer con este lánguido hombre que apenas dos meses atrás era vigoroso como un
roble. Lo saludé con ánimo de preguntarle acerca de su libro, mientras que él continuó caminando con su
maleta colgada en el hombro, hombro que se parecía a esos colgaderos para la
ropa que están clavados en las paredes de los moteles. La maleta quedaba tan tensionada a su hombro
derecho que parecía romperse la correa que pendía como peso de
aparato de gimnasio. Se veía pesada, sin lugar a dudas.
Sin embargo, este hombrecillo de no más de 165 cm emulaba el físico de
entrenador deportivo. Caminaba a paso firme, tal vez pensaba que le iban a
robar su preciada carga, o tal vez el peso era tan agotador que deseaba llegar pronto a su destino. Al ver que
caminaba sin mirar atrás, tuve la
necesidad de correr para alcanzarlo. Lo tuve a menos de un metro de distancia. Pienso que sintió mis pasos, pues se precipitó
a correr de manera similar que Usaint
Bolt en sus tan preciados cien metros planos. No lo pude alcanzar. Lamenté no
haberlo hecho, pues anhelaba leer al menos una de las crónicas de su libro.
Me senté
en una banca que está ubicada en frente del estanque de las babillas y las
tortugas, me remití a observarlas, mientras que las últimas bronceaban sus cuellos estirándolos a plena
luz de medio día. Una babilla tomaba el sol para acelerar su circulación fría. Parecía
estatua. Giré porque un ruido estrepitoso equivalente a cien caballos galopando se escuchaba a mi derecha, era Elkin
que hacía ese ruido horrible. Mientras corría, la maleta que colgaba de su
hombro se movía como el péndulo de un reloj, pero de manera escandalosa. ¿Lleva
piedras o libros?, me pregunté. ¿O sus penas las carga en la fea maleta negra
de cuero? No pude reflexionar más, ya
que “El Conejo” frenó su corrida en frente de mí. Mis dudas se esclarecieron. Eran
libros, pues quedaron todos esparcidos
en medio del pavimento. No todos sobrevivieron. Uno que se titulaba Las
crónicas del conejo logró sobrevolar por
encima del estanque como canario que escapa de un gato. Examiné rápidamente el
título de libro por libro con la mirada, los conté, eran casi treinta, pero no
encontré alguno que llevara la autoría de Elkin Guzmán. Solo había sobrevivido
un ejemplar desde su impresión, era aquel que voló y ahora permanecía en el estaque junto a las tortugas. Al término de la recolección de los números
que estaban en el suelo gris hablamos por más de seis horas seguidas en esa
banca. Inicialmente le pedí que me obsequiara un libro, pero él me respondió –
el último ejemplar está en el estanque-. Aunque suene ficcionario todo esto es
real. Entonces, fue cuando Elkin se dispuso a narrarme con su propia voz Las Crónicas del conejo. Además narró veintidós
historias más.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario